Esta mañana he sentido que parte del molde antiguo se disolvía en mí. La vieja estructura, una parte del modo de entender la vida hasta ahora iba yéndose hacia la izquierda de mi cuerpo hasta que mi memoria no alcanzaba a retenerlo. Entonces he imaginado sintonizar con la entrada de la Era de Acuario, que algunos, como Matías di Estéfano o Emilio Carrillo, la definen como la era del fluír.
Me siento bastante libre en mi proceso de individuación, manejándome de una forma nueva, sin seguir tanto los patrones aprendidos de cómo hay que vivir la vida: invento mi vida.
Recuerdo cuando leía el libro titulado «La vía del no apego» de Dhiravamsa, que me sentía curiosa cuando se refería a ver la vida de forma nueva, no condicionada por patrones antiguos ni la memoria del pasado. Ahora lo estoy comprendiendo.
He oído tantas veces que la vida la sostiene el amor que también me cuadra mejor ahora. Dicen que es la era del fluír de la energía amorosa que parte del corazón y los contenidos para los que se necesitaba una disciplina que parte de la voluntad o la búsqueda de conocimiento que parte del interés por la sabiduría, ahora cualquier búsqueda también en aquellos sentidos lo hace desde el sentir amoroso.
Yo tuve una experiencia hace un par de años en la isla de Gavdos (cerca de Creta) en que en un momento dado después de un trabajo de psicodrama y que todos los participantes estábamos en círculo cogidos de la mano, me desapareció de la vista la forma humana de las personas y aparecieron en lugar de personas rayos de luz que se movían en perfecta armonía. Esa armonía era tal porque la sostenía el amor. El amor que sentía a mi alrededor era una energía tan poderosa que sólo pude soportarla unos minutos y me salí de la experiencia entre espontáneamente y a voluntad y volví a reconocer las formas humanas y la consciencia amorosa se fue disolviendo.
Recuerdo cuando leía las cartas al joven poeta de R.M. Rilke que uno de los postulados que anunciaba el maestro poeta y visionario era que el amor maduro es el trabajo para el cual aún no estamos preparados, que era un trabajo para generaciones venideras…..y ya ha pasado un siglo de esas palabras. Se refería más bien al amor entre un hombre y una mujer y al «duro sexo que nos ha sido impuesto» pero se puede hacer extensible al amor entre todos los seres.
El amor es integración. Integración de lo que vivo sin rechazar ninguna experiencia. Todo lo que vive en mí tiene un lugar en mi corazón. Todo lo que ha vivido en mí tiene un lugar, le doy un espacio en mi interior. Estoy dispuesta a darle un lugar a lo que venga. Y si le doy un lugar a mi experiencia también puedo darle un lugar a la experiencia de los demás. Y esto es amor, y esto es caminar con lo que va llegando.
Estoy sentada en el balcón de mi piso y me invade la sensación ya conocida por mí de años de lanzarme por el balcón….. hago el experimento de dejar de atender al pensamiento que trata de evitar esta sensación y a la voz que dice: «te vas a suicidar» y me fijo, atiendo la sensación corporal: tengo una sensación burbujeante en el estómago y si aplico la técnica gestáltica de amplificar la sensación a través de la imaginación lo que le sucede a la sensación de burbujeo ya en todo el cuerpo es una sensación de que mi cuerpo estalla y sale disparado dirección al vacío. Es fácil adivinar que la sensación de salir disparada hacia el vacío casa muy bien con la idea de lanzarme al vacío por el balcón…..
Este es el término acuñado por Fritz Perls para denominar a dos de los personajes internos que subyacen en el seno de nuestra personalidad, dirigiéndola unas veces uno y otras veces el otro.